lunes, 20 de marzo de 2017

El último "Bandolero" andaluz.

Los últimos "bandoleros andaluces"
"Pasos Largos"
Pasos Largos en el patio de la prisión. 1916.
(Foto: Garrido y Galindo).
A principios de 1934, en la cárcel de Málaga, donde extinguía una condena, Pasos Largos consintió en relatar sus aventuras al periodista Sánchez-Ocaña.
Cuando se publicó el reportaje, el famoso bandido andaluz estaba ya en libertad, y como la muerte en una cama de hospital le espantaba, se había marchado a la sierra otra vez, a esperar las balas de la Guardia civil.
Los recuerdos en la penumbra de la cárcel, su perfil, era de ave de presa, y sus ojos, unos ojos claro, fríos, crueles, dominaban.
Sánchez-Ocaña, le pregunto:
-¿Que va a hacer usted a la salida de la cárcel?
-Volveré a Ronda -contestó-
-¡Y luego?
-Luego iré a la sierra para buscar una escopeta que dejé enterrada entre dos guijarros, hace ya muchos años......
"Pasos Largos" relatando sus aventuras al periodista Sánchez-Ocaña, en la cárcel de Málaga, poco antes de recobrar la libertad.
Juan Mingolla Gallardo, (a) "Pasos Largos", había nacido en El Burgo (Málaga) el 4 de Mayo de 1873, fue un mito en todos los confines andaluces, y muy temido por sus fechorías como bandolero. El día 18 de Marzo de 1934, después de sostener una lucha feroz, "Pasos Largos" fue abatido por disparos de la Guardia Civil, en la Sierra de Ronda.
"Pedro Flores"
(El último bandolero)
"Pedro Flores", el sobrino de Flores Arrocha, a quien la Guardia Civil busca sin descanso en la Sierra de Ronda.
Ya está solo en la serranía de Ronda Pedro Flores, el último bandolero andaluz. Tres años llevan los guardias civiles persiguiéndole inútilmente. ¿Caerá un día como su maestro "Pasos Largos?, ¿logrará defender infinitamente, como lo hizo el famoso Juan el Nene?.
En Ronda, en Igualeja, en Parauta, las gentes dicen que no hay quien acabe con ese hombre. A su casa en plena sierra llegan los guardias civiles, que extenuados, regresaban de intentar darle caza. Los grandes propietarios de fincas, cuentan que pactan con él para asegurarse la tranquilidad. Mientras Pedro Flores dice, que tiene a toda la serranía metida en un puño, ¡que nadie se atreva a cometer un desmán! ¡desgraciado el que intente ir contra su ley!.
Así habían hablado las gentes sencillas del campo y de la montaña, que, por tradición, veneran al bandido de turno cobijado en los altos y ásperos picachos rondeños. Pero una dama de la familia más ilustre del lugar, los descendientes de aquel Capitán Mondragón, que rescató Ronda; mostrándonos la muralla de montañas azules, cuenta que allí siempre ha habido un bandido; unos mejores, otros peores, pero que siempre han pactado con nosotros.
-Es la tradición, cuando un hombre se echa a la sierra, los gañanes de nuestras fincas, los pastores de nuestros rebaños, las mujeres y los niños de los cortijos y hasta nosotros mismos, cuando vamos a visitar las fincas, estamos bajo su escopeta.
En esta cueva a pasado la noche Pedro Flores.
-¡Que van a hacer cincuenta guardias en una montaña que nace en Ronda y va a morir al Mediterráneo! ¡aunque hubiera cinco mil no podría cercar a un hombre medianamente conocedor del terreno!
- No es precisamente un pacto lo que tratamos con él; es algo que también está en la tradición. El bandido no solo respeta nuestras haciendas y las vidas de los cortijeros, sino que, además, las protege, en cambio nosotros no lo delatamos jamás.
-Desde hace siglos -prosigue-, mis antepasados habitan este palacio, que fue del príncipe moro que defendía Ronda; en el patio de  nuestra casa, cubierto por una parra han aguardado, el sombrero, Flores Arrocha y su sobrino Pedro- el que ahora pelea con los civiles- y han estado Pasos Largos , Juan el Nene y casi todos los hombres que ilustraron la tradición del bandidaje andaluz, porque antes de echarse a la sierra fueron honrados gañanes de nuestros cortijos.
-La dama se queda un instante silenciosa.
- Todavía no he visto a Pedro Flores en la sierra -me dice-, pero a su tío, al que mató al cabo Lanzas, si. Un día al lado de las caballerías que nos tenían preparadas en la carretera para subir hasta un cortijo de la sierra, estaba fumando tranquilamente un pitillo.
-¿Que hace usted aquí, Flores? -le pregunté-
-He zabío -me contestó- que la zeñora iba a la cortijá. Y en estos tiempos, como los caminos están que mu malamente frecuentaos, pues he dicho: ea, vamos a acompañarla, no le vaya a ocurrir alguna esaborisión.
- No vino a mi lado por miedo a encontrar alguna pareja en mi sendero. Pero me seguía y me vigilaba, saltando como un corzo entre los riscos. De vez en cuando veía brillar al sol el cañón de su escopeta; Y me sentía tranquila, segura....
La mujer de Pedro Flores, su primo y la viuda del célebre Flores Arrocha, en la "Fuenfria"
Una posada de Ronda; junto al hogar, arrieros, cuatreros, gañanes, y, muy anacrónico, un chofer.
- He visto a Pedro Flores hace unos días- dice este último, que se llama Conde.
-¡A ese no le caza el cabo Lanzas!-exclamó un mozo-. Dicen que lleva un rifle con anteojo para apuntar a distancia.
-¡Silencio!- ordenan los otros.
-Lo he visto en la carretera de Parauta, cuando iba en el automóvil a por mis amos. Se plantó en medio del camino, bien tieso, la escopeta preparada....¡Nunca he parado el coche en tan pocos metros!.
-Se acercó a la ventanilla y me dijo: "Conde haz lo que te voy a decí, si es que quieres conservá la pelleja. Mañana a esta mesma hora, me dejas junto a esas piedras que ves ahí, una botella con agua de Carabaña; yo estaré vigilando, y como vengas acompañao o me quieras tender un cepo, ¡ya sabes lo que te espera!.
Yo estaba muerto de miedo, y para asustarme más había montado el gatillo del rifle. "Le traeré lo que usted me mande"-contesté-, entonces me entregó una moneda de cinco pesetas, diciendo que no quería perjudicar a ningún pobre.
Al día siguiente Pedro Flores encontró la botella de agua de Carabaña, con mala cara como si le doliera mucho el vientre, la bebió hasta la última gota, la estrelló contra una piedra, y desapareció.
Los guardias civiles vigilan las cumbres cercanas desde las tapias de "La Fuenfria", el feudo de los Flores.
Hay en plena sierra, lejos de todo camino, una casa que se llama "La Fuenfria", es el feudo de los Flores. Es preciso seguir, para llegar a este lugar, varios kilómetros por el fondo de un despeñadero; luego se desemboca a una breve planicie rodeada de picachos casi inaccesibles, en el centro de la cual hay una pequeña casa, casi un refugio de montaña con un diminuto corral donde gruñen media docena de cerdos.
Una pareja de guardias civiles, que desde hace tres días está en la sierra tratando de averiguar el paradero de Pedro Flores, vigila las cumbres desde la cerca del cortijo. Sus uniformes están desgarrados, sus botas, deshechas. La sierra no se deja vencer fácilmente.
Una mujer enlutada sale de la casa, y al vernos vuelve a entrar precipitadamente. Es la viuda de Flores Arrocha, el que murió bajo el fuego de la guardia civil. Luego, aparecen dos hombres, con las manos en los bolsillos, retadores, nos contemplan. Los guardias vigilan, con el fusil preparado -son primos del que se ha echado al campo-nos dicen-; estos harán lo mismo cuando el otro caiga, o tal vez, antes. Y, por último, sale una mujer, también enlutada, que sostiene en sus brazos una criatura de corta edad, -es la mujer de Pedro Flores-dicen los guardias-. No quieren saber nada de nosotros, en sus ojos brilla un deseo de venganza. El niño que tiene un año escaso, no puede ver un tricornio, sin echarse a llorar furiosamente.
-Mis hijos, pelearan con ese chaval- murmura el guardia, contemplando el chiquillo, que se esconde entre los brazos morenos de la madre.
Junto a la tapia de "La Fuenfria", la mujer de Pedro Flores, con su hijo en los brazos, ve como se marchan los guardias civiles que han estado persiguiendo a su marido.
En Igualeja, en Parauta, los chiquillos se reunen para comentar las hazañas del bandido que lucha en la sierra.
Prepararle una emboscada es imposible, en los pueblos nos conocen, saben cuantos somos y donde estamos; todos son espías que observan nuestros actos: los hombres, las mujeres, los chiquillos.... lo único que nos puede hacer con él, es una delación, y a esto nadie se atreve, ya que los hombres de "La Fuenfria" se encargarían de vengarles inmediatamente.
Nosotros seguimos cumpliendo con nuestro deber, aunque sin resultado alguno; vea usted como estamos, que hace tres días que no sabemos de nuestras mujeres y de nuestros hijos, que dejamos abandonados en pueblos donde lo menos que nos desean a todos, es la muerte. Buscar a un hombre en la sierra de Ronda es, como buscar una aguja en un pajar. Somos algo así como los protagonistas de una corrida de toros, de un gran espectáculo presenciado apasionadamente por veinte pueblos. Se echa un hombre a la sierra, y unos cuantos guardias a perseguirle ; ¿lo cogerán?, ¿no lo cogerán?, y cuando muere alguno, un guardia o un bandido, en seguida sale otro a reemplazarle. Y el espectáculo continúa.
Fuente: Reportaje firmado por L. G. de L. de un periódico original, de 1935; y documentación propia.

Sucesos antiguos.

Sucesos antiguos.

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